Juan Carlos (21/06/2026)
Hace unas semanas estaba comiendo con dos compañeras de trabajo. Patri, una de ellas comentó que a la semana siguiente se iba de vacaciones a Isla, en Cantabria, con una amiga. Le dije que conocía el sitio porque habíamos estado un par de años veraneando allí. Me pidió que le recomendase sitios y, entre otras, le dije que no dejase de hacer la ruta de los acantilados hasta la ría. Me preguntó si esa ría era una que tenía una playa que, según Google, se llama los nudistas. Contesté afirmativamente y Mónica, una compañera que sabe que soy nudista y que mencioné en mi anécdota en la que compartí una foto sin querer, le dijo que por eso me gustaba tanto a mí.
Patri se sorprendió un poco y me preguntó si era nudista. Yo contesté que sí y le dije que fuera a verla, que no estaba obligada a quitarse el bañador, pero que lo probase por una vez en la vida, que estaba seguro que le iba a encantar. Busqué en mi galería fotos de la playa, se las enseñé y ambas quedaron enamoradas de ese paraíso que es la playa de la Arena. Mónica empezó a picarme y me dijo que les enseñase alguna mía en pelotas. No iba a achantarme. Total, Mónica ya me había visto una foto así, y les enseñé una foto en la que se veía metiéndome en la ría, con el agua de un precioso azul turquesa.
A su vuelta, quedamos los tres a desayunar y Patri nos dijo que venía encantada. Que al final, tras mucho pensárselo, ella y su amiga se bañaron desnudas y que había sido una experiencia inolvidable, aunque no estaba segura de volver a hacerlo. Yo le dije que seguro que volvía a probar, que la primera vez suele ser la que más cuesta y que con el tiempo, ni te acuerdas de que estás desnudo delante de otras personas.
Mónica le dijo que quería ver pruebas y nos enseñó una foto en el mismo sitio que la mía, alzando la mano con el bikini en la mano y en la que mostraba muy sutilmente, tapada por el agua, la mitad de su culete.
Me encanta ayudar a otros a iniciarse en este maravilloso camino del nudismo.









