Pequeño incidente en el Pantano de la Cuerda del Pozo, en Soria

Anécdotas sobre el nudismo y naturismo: Pequeño incidente en el Pantano de la Cuerda del Pozo, en Soria

José (11/07/2011)

Ayer, domingo 10 de julio, tuve un pequeño incidente en el Pantano de la Cuerda del Pozo (Soria), en la zona denominada número 1 por las páginas de Paco Zapata y de Juanjo. Yo pasé allí la mañana y la tarde, comiendo un bocadillo, y fui la única persona que estuvo desnuda (los domingos suele haber un ambiente menos nudista que entre semana). He de decir que últimamente voy algunos días acompañado y que, cuando tal cosa sucede, me presto menos que cuando voy solo a cambiar de zona o a moverme unos metros si veo que se acercan textiles o incluso gente conocida.

Por la mañana estuvimos acompañados por varias parejas o grupos de españoles, a quienes dieron el relevo por la tarde dos grupos o familias, más grandes, de inmigrantes de países del área andina, probablemente ecuatorianos o bolivianos. Con el adulto más mayor -pescador aficionado- del primero de los dos grupos ya estuve departiendo animadamente la víspera (ese día fui yo solo) y me parecieron una gente muy simpática y amable. Los miembros de esta familia o grupo iban en bañador y se bañaban todos ellos con toda naturalidad. Los del otro grupo iban vestidos de cintura para arriba; los adultos no se bañaron y estuvieron la mayor parte del tiempo parapetados en las rocas altas; el único niño varón tampoco se bañó y las niñas se bañaban con la camiseta encima del biquini.

El portavoz varón adulto de este segundo grupo bajó de su refugio rocoso para esperarme después del baño y decirme que ahí había niños y que le parecía de mala educación que yo estuviera desnudo delante de ellos. Me sorprendí a mí mismo plantándole cara en vez de achantarme y me mostré con él más enojado de lo que yo hubiera querido. No supe sacar a colación el mejor argumento: “ustedes han venido a una zona de tradición nudista desde hace muchos años y en la que casi todo el que viene es tolerante con los nudistas, salvo ustedes”. En su lugar les dije que en el 90% de las zonas de baño del pantano todo el mundo iba en bañador, pero que ellos acababan de meterse en una de las pocas zonas nudistas del pantano (una o dos, les dije, mintiendo en parte, porque hay cuatro o cinco, pero también es cierto que dos de ellas son más ‘nudistas’ y también son más accesibles que el resto). También les dije que a tres kilómetros escasos tenían la Playa Pita, donde no se encontrarían a nadie desnudo. (La Playa Pita es la zona de tradición textil más frecuentada y mejor equipada del citado embalse.) Mi interlocutor amenazó con denunciarme a la Guardia Civil y yo le reté, enojado, a que me denunciara y añadí que bañarse desnudo probablemente estaría prohibido en su país, pero no en España. Los últimos españoles, que ya se iban, nos consolaron, se solidarizaron con nosotros o nos pidieron calma y lo mismo hizo el paterfamilias pescador del segundo grupo de hispanoamericanos, que me dijo lo siguiente: “No les haga ni caso. Nosotros venimos aquí con frecuencia, ya sabemos lo que nos vamos a encontrar y nos parece todo bien”.

Al cabo de dos o tres minutos vinieron dos hombres con un uniforme que no acerté a identificar: oscuro (pero no verde) con algunas partes amarillas reflectantes, pantalón largo y manga corta. ¿Serían agentes medioambientales de la Junta? Estuvieron un rato corto charlando con mi denunciante mientras yo agarraba el bañador con la mano, por si acaso. Ni siquiera se acercaron donde yo estaba y se fueron diciéndole -según escuchó mi acompañante- “Playa Pita”. Ni yo me puse el bañador ni ellos (mis denunciantes) se fueron. Vino un tercer grupo de inmigrantes -que no dijeron nada- y cuando nos pareció bien nos fuimos. Pasé lo que quedaba de tarde mucho más a gusto que el domingo, 31 de agosto de 2008, día en que me insultaron los socorristas, presuntamente ebrios, de la Cruz Roja. El primer grupo de hispanoamericanos tolerantes se despidió de nosotros con la simpatía acostumbrada y ni siquiera vimos a los adultos del segundo grupo -los que amenazaron con denunciarme- mientras la mayor de las niñas (de unos once o doce años y buena nadadora) me despidió con una mirada de odio, no sé si aleccionada por sus padres, por la incomodidad de la camiseta mojada o por ambas cosas a la vez.

Es la primera vez que tengo problemas con inmigrantes hispanoamericanos. Los dos incidentes que tuve en años anteriores fueron con españoles.


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