En realidad, mi "primera vez" han sido varias, porque por desgracia sólo he podido practicar el nudismo en contadísimas ocasiones, separadas en el tiempo lo suficiente como para que cada una de ellas haya sido casi una "primera vez". El motivo es que a mi mujer no le seduce la idea y a mí no me gusta discutir.
El caso es que soy un buen "candidato" a esta práctica. Siento el "tacto" de la ropa todo el rato; me molesta y suelo cambiarme varias veces al día - el hacerlo me relaja. No concibo estar en ropa de calle y con zapatos en casa. En verano uso pantalones cortos casi de continuo y la mayoría del tiempo ando desnudo por casa, no importa si están delante mis hijas o si incluso nos visita algún amigo/a de confianza. Mi mujer no se siente demasiado cómoda en estos casos, pero llega a asimilar la situación. Pero una cosa es el reducto sagrado del hogar y otra, el mostrar "las vergüenzas" en público.
La primera vez "absoluta" fue en una playa perdida de Mallorca, poco después de casarnos, allá por 1982. Estábamos solos (o, al menos, eso creímos) y pusimos las toallas en una zona arbolada que nos pareció más discreta. Yo me quité el bañador y ella se quedó en "top-less". Como siempre comenta quien la ha vivido, la sensación de libertad al sentir cómo el aire y el sol bañan cada palmo de tu cuerpo es increíble. Pero más indescriptible aún es nadar o bucear desnudo y que, al salir del agua, no haya ningún trozo de tela húmeda y fría que se te adhiera a la piel.
Recuerdo que, al regresar de la orilla a donde estaban las toallas, nos cruzamos con un par de paseantes "textiles" que apenas nos dirigieron la mirada, lo cual me hizo notar, por primera vez, que tendemos a sobrevalorar el hecho de que los demás nos "vean" desnudos (cuando, mentalmente, me puse en su lugar, concluí que yo me habría comportado igual). La jornada se fue al traste al aparecer unos obreros que iban a hacer tareas de mantenimiento en una finca cercana (y también se le arruinó la mañana a otra pareja que - descubrimos entonces - se hallaba unas decenas de metros más allá).
Las otras tres "primeras veces" han sido en Gran Canaria, en la playa de Maspalomas. Un lugar que me encanta, tanto por el paisaje en sí como por el hecho de que nudistas y textiles convivan con naturalidad y sin que la zona nudista parezca una "reserva india". La primera visita fue hacia 1992 y nos acompañaban nuestras hijas, de 6 y 9 años entonces. La pequeña y yo nos quitamos el bañador, pero la mayor prefirió seguir los pasos de su madre. Fue una mañana inolvidable: mis hijas y yo nos perseguimos desnudos por lo alto de las dunas y nos dejamos caer rodando ladera abajo, rebozándonos de arena para acabar chapoteando en el mar. Conservamos alguna foto de aquel día.
La siguiente vez éramos seis: nos acompañaban mi cuñada y su hija de 22 años, que fue la única que cuando me quité el bañador me imitó, aunque sólo en parte (la parte superior del bikini, para tomar el sol). Esta vez, las dunas las recorrí en solitario (mis hijas ya eran demasiado mayores para retozar en la arena conmigo).
La última visita ha sido en noviembre pasado, solos mi mujer y yo. Habían transcurrido tantos años desde la vez anterior que casi me sentí como en la "primera". Disfruté de la desnudez intensamente y, como novedad, sufrí eso que a todos los que nos planteamos ir a una playa nudista nos preocupa más: una ostensible erección. Armado de valor, continué paseando por la playa, entre nudistas y textiles, para descubrir aliviado que la gente me prestaba la misma atención que si hubiera llevado bañador (o sea, ninguna). En definitiva, que lo que para uno es una montaña, para los demás es un grano de arena.
Como conclusión, me gustaría añadir a lo que ya otros han comentado en estas páginas acerca de los miedos, vergüenzas, prejuicios y sensaciones maravillosas asociadas al nudismo que, personalmente, experimento siempre una cierta excitación debida al placer de sentirme totalmente libre y a la sensación de transgredir una especie de "tabú cultural" (que no natural). Una excitación, mezcla de indefensión y poder, que se va atenuando con el tiempo y que no tiene componente sexual alguna; de hecho, una playa nudista es de las cosas menos eróticas que conozco (salvo para quien va de mirón, claro está; pero en cuanto uno se desnuda, cambia por completo de "bando" y de actitud). E independientemente de las sensaciones físicas placenteras, practicar el nudismo, aunque sea una sola vez, te lleva a aprender muchas cosas sobre ti mismo y sobre tu entorno social.
Mi primera vez fue hace unos añitos, a poco de cumplir los 20. Éramos 3 amigas, Beatriz, Sandra y yo, que habíamos ido a pasar un fin de semana al chalet de Bea en la playa.
Llegamos el viernes por la tarde, y como estábamos cansadas del viaje en autocar pensamos quedarnos en casa a tomar el sol en la azotea en vez de bajar a la playa. Nos ponemos los bikinis, subimos, extendemos las toallas y Bea dice: "Bueno chicas, estamos solas, aquí no nos ve nadie y odio las marcas del bikini, así que, fuera ropa".
En un plis plas está en pelotas, Sandra que la mira, y dice: "Fuera bikinis". Las dos se me quedan mirando
esperando que haga lo mismo. Yo estoy alucinando, nunca he estado desnuda con otras personas, me lo pienso y
comprendo que no tengo otra opción así que, fuera bikini. Al principio tengo la sensación de que no solo mis
amigas, sino medio planeta me está mirando, pero al rato me voy relajando hasta disfrutar de la maravillosa
sensación de tomar el sol desnuda.
A partir de ahí todo se fue precipitando, volvimos todos los días a tomar el sol en la terraza y ya ni siquiera nos poníamos el bikini, subíamos las escaleras a la azotea directamente desnudas y pasábamos bastante rato así en la casa. Ese mismo fin de semana prescindimos de la parte de arriba del bikini en la playa.
Unas semanas después Bea nos dijo que había descubierto una playa nudista no muy lejos de su casa. Cuando nos lo comentó dudamos un poco, pero finalmente nos decidimos a probar y no tengo palabras para explicar hasta qué punto nos enamoró el poder tomar el sol y bañarnos desnudas en esa playa.
Desde entonces somos nudistas convencidas, hemos animado a unirse a nosotras a alguna amiga y, por supuesto, a nuestras parejas con las que compartimos nuestra afición.
Un beso y un empujoncito para los que todavía no se atreven.
Mi nombre es Santiago. Actualmente tengo 25 años y mi primera experiencia en esto del nudismo fue el verano pasado en una playa de Menorca.
En esos días estaba de visita en la casa de veraneo de mis tíos. Siempre he tenido buena relación con mi prima Beatriz, que tiene mi misma edad.
Como la casa es grande, siempre hay bastante animación; cuando llegué estaban también a 3 amigas suyas.
Al día siguiente de llegar, mi prima me comentó que si quería ir con ellas cuatro a una playa que habían descubierto unos días antes. Como estaba solo, dije que sí. Tanto Beatriz como sus tres amigas tienen lo que yo llamo unos cuerpos danone. En particular, ella se ha puesto pechos hace un par de años, así que ahora está hecha un tipazo. Lo cierto es que todas ellas están delgadas y muy bien proporcionadas, así que estar con ellas en la playa me apetecía, al tiempo que me daba un poco de morbo (¡igual hasta alguna se animaba a ponerse en top-less!). Una vez en el coche me dijeron que la playa en cuestión era nudista, y que esperaban que yo estuviera a la altura de las circunstancias y me quitara el bañador también... Pensando que era broma, me quedé sin saber qué decir. Al ir llegando notaba mi corazón acelerado y sin saber cómo reaccionar. La playa era efectivamente nudista... allí nadie llevaba nada puesto. Una tras otra se fueron quedando como Dios las trajo al mundo. Yo intentaba no mirarlas fijamente... y menos que nadie a mi prima, al tiempo que retrasaba el proceso de quitarme la ropa, pero sus cuerpos desnudos me generaban mucha excitación. Cunado era el único que quedaba, sólo con el bañador puesto, mi prima se plantó delante de mí totalmente desnuda y me dijo que se acababan las excusas, y que me lo quitara de una vez. No recuerdo haber estado tan nervioso... ni excitado. Según deslizaba el bañador por mis piernas, noté que iba a tener una gran erección. Conseguí permanecer apenas unos segundos con mi miembro en reposo, pero al instante sucedió lo que tanto temía.... Con las cuatro fijando su vista en mi miembro totalmente en erección y soltando risitas entre ellas yo no sabía dónde meterme... Al final Beatriz me animó a que me tranquilizara y me metiera en el agua... fue un día para olvidar. A ratos conseguía controlarme y a ratos me excitaba. La verdad es que con esa compañía tan atractiva quizá no fuera el mejor día para iniciarme en el nudismo. Al día siguiente me quedé en la casa, aunque volví días más tarde con mi prima de nuevo, ya sin sus amigas, y algo mejor. En todo caso, me costó mucho estar con una persona tan conocida para mí los dos desnudos, como si nada, sin excitarme lo más mínimo. No pude evitar el morbo. Supongo que será cosa de mentalizarse. Quizá este verano repita. Ya os lo contaré. Hasta otra.
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