Llanto de Mar

Podría ser un día cualquiera de verano en el que, tumbado al sol, contemplase el juego de la gaviota con el viento. Podría ser un cálido día de primavera donde, con los pies descalzos, pasease por la arena. E incluso podría ser un gélido día de otoño en el que, enojado el mar, me salpicase la cara. Pero es un nefásto día de invierno, donde lo único distinto al invierno que “podría ser” tiene un nombre y que, en un guiño del destino, se llama “Prestige” como para darle más prestigio a la Costa da Morte.
Solo aquellos que nos hemos criado con los pies permanentemente llenos de arena de la playa, pertencientes a los restos de castillos –construidos y destuidos-, al campo de futbol improvisado, del beso furtivo y adolescente, y de los paseos que nos dá la serenidad de los años; solo nosotros sabemos lo que perdemos.
gaviota y niño
Solo los que nos bebemos las salpicaduras del mar en los días de temporal, y que nos recuerdan a las lágrimas que de niños derramábamos, que nos recuerdan al fruto que generosamente nos brinda, que nos recuerda al primer baño de cada año, de cada verano; solo nosotros sabemos lo que duele.
Solo los que alguna vez hemos saltado de piedra en piedra en juegos de infancia, en refujios de pubertad, en camas de amor nocturno, en atracos de vida marina, en rampas de lanzamiento hacia el fondo que nos llevaran muy lejos; solo nosotros sabemos lo que tardará.
Porque solo nosotros que tenemos memoria y -quizás mejor dicho- pesadillas con nombres. Nos dejan esqueletos de buques encallados para que día a día, al verlos, nos tengamos que hacer más fuertes; y aun así, despues de tantos y tantos que han pasado, no te acostumbras.
No te acostumbras a ver las playas y costas cubiertas de una pasta negra que lo cubre todo, que inunda de un olor salido del mismo infierno las riberas, y que mata.
Mata a aquella gaviota que, cuando eras niño, perseguias hasta obligarla a levantar el vuelo; que luego, hartándose de paciencia, tu hijo tambien perseguía; y que hoy, entre estertores de muerte, clama a tu mano que la ayude. Hoy no correrá delante tuya ni se elevará por encima de tu cabeza, sencillamente, hoy no puede. Hoy te mira y respira el poco aire respirable que le hemos dejado, y te pide con su mirada cristalina, que la ayudes. Hoy se esfuerza y se deja las plumas por salir de donde la hemos metido, y te pregunta: ¿por qué me haces esto?.
gaviota embadurnada de fuel
Lloro de rabia, de tristeza, de indignación, con furia, con desesperación, y con dolor. Pedimos que no vuelva a pasar, pero con resignación y por experiencia, sabemos que volverá a suceder, con otro nombre, con otra carga, y con los ojos ciegos de otras gentes que consentirán que así sea.
Y no puedes dejar de preguntarte: ¿por qué a nosotros?. Nosotros que hemos cercado rios y dominado el viento, en un proceso de integración con la naturaleza y apostando por las energias renovables (esas que solo hay que aprovecharlas). Nosotros que tomamos los frutos del mar, pero que sembramos y cultivamos como agricultores de las olas. Nosotros que sabemos hacer nuestras casas alejadas de la costa, pues siempre supimos de su furia y de hasta donde podía llegar. Nosotros que durante miles de años, hemos ido y vuelto de su garganta que en los temporales de invierno amenazaba con tragársenos. ¿Por qué a nosotros?. Por la desidia de unos pocos.
Continuo llorando y mi llanto me sabe a mar. Porque si los hombres somos los hijos de la tierra, los gallegos tambien somos los hijos del mar.
Esta es otra historia más de gallegos, contada por un gallego.

Si quieres enviar un mensaje exigiendo a las autoridades que adopten urgentemente las medidas necesarias para evitar una nueva catástrofe como la provocada por el petrolero Prestige, puedes usar el formulario electrónico de la página web de WWF/Adena.

Ver más anécdotas


e-mail Envía tus anécdotas y también las incluiremos

Ir a la página de inicio